SPS RASD/ESPANA/FORUM
La Intifada saharaui pone de relieve "la urgencia" de solucionar el
conflicto, afirma el Presidente Abdelaziz en el Forum Europa de Madrid
(texto entero)
13.07.05
Madrid, 13/07/2005 (SPS)
- La Intifada que viven actualmente los territorios ocupados del
Sáhara Occidental pone de relieve "la urgencia de hallar una
solución justa y definitiva" a un conflicto que se prolonga
desde hace 30 años, de lo contrario la "dinámica
acción-reacción degeneraría en un baño de
sangre", afirmó el martes en Madrid el Presidente de la
República Saharaui Mohamed Abdelaziz.
Un baño de sangre así volvería "extremadamente
precarias las perspectivas pacíficas" de solucionar el
conflicto, estimó Abdelaziz durante una conferencia con debate
sobre los últimos acontecimientos políticos y
económicos del asunto saharaui que impartió por
invitación del Forum Europa.
Aqui el texto entero:
"Señoras y Señores,
Deseo antes que nada agradecerles la invitación para participar
en este evento para abordar la cuestión del Sahara
occidental desde la perspectiva de la política y la
economía internacionales.
En esta intervención quisiera dejar muy claros
cuáles son nuestros principios. A partir de ellos, quiero
exponerles nuestro análisis de los recientes acontecimientos
políticos y económicos del conflicto.
Tanto la experiencia como la teoría han llegado a una
conclusión que, me parece, nadie discute. Si el poder se
convierte en un fin en sí mismo, termina fracasando. Hoy nadie
discute que sólo aquel poder político que, además
de la fuerza, se basa en el asentimiento de los gobernados puede
perdurar. Y hoy nadie discute que si el poder político no se
somete a reglas, se crea un clima de inseguridad y arbitrariedad que
conduce a ese poder a la ruina. Eso es lo que se llama, dentro de los
Estados “Estado de Derecho” y en las relaciones internacionales
“Derecho Internacional”.
Lo mismo ocurre con la economía. Si el dinero se convierte en un
fin en sí mismo, es más que probable que una empresa
acabe fracasando. Hoy nadie discute que sólo aquellas empresas
que, además de buscar ganar más dinero, pretenden un
beneficio para la comunidad, pueden perdurar porque sólo ellas
terminan generando confianza. Es lo que se llama la “responsabilidad
social corporativa”.
A la luz de estas ideas, en las que nosotros creemos firmemente
quisiera analizar la situación actual del Sáhara
Occidental.
Los últimos acontecimientos relacionados con lo que se puede
llamar la intifada saharaui han puesto de
relieve, y de manera elocuente, la urgencia de una solución
justa y definitiva de este conflicto, antes de que la dinámica
acción-reacción degenere en un baño de sangre, que
haría extremadamente difícil la viabilidad de las
perspectivas pacificas hasta ahora mantenidas sobre la mesa.
Para que no haya equívocos, debo decirles con total
sinceridad que el bloqueo por Marruecos de los diferentes planes de paz
elaborados y aprobados por la ONU, como el Plan de arreglo de 1990 y el
Plan Baker de 2003, y la violenta represión que ejerce contra
las poblaciones civiles saharauis en las zonas ocupadas, son dos
factores que colocan al liderazgo político saharaui ante un
dilema difícil de encarar.
Los elementos de este dilema son, de un lado, el debilitamiento
de la perspectiva pacifica que resulta de la ausencia de una respuesta
apropiada por parte de la Comunidad internacional a la prolongada
actitud de intransigencia mostrada por Marruecos. En este contexto, la
violación de la legalidad internacional y el atropello de los
derechos humanos en el Sahara occidental, derivados de su
ocupación ilegal de un país que es Estado miembro de la
Unidad Africana, es algo que no puede ser tolerado por mas tiempo por
la Comunidad internacional.
De otro lado, la combinación de lo anterior con la
justificada frustración del pueblo saharaui en su larga espera
por el advenimiento de la solución pacifica del conflicto en la
que ha creído, someten al actual cese el fuego a una severa
presión.
En otras palabras, no podemos sencillamente esperar con los
brazos cruzados cuando estamos viendo que todos los caminos propuestos
por las Naciones Unidas, algunos de ellos con el consentimiento formal
de Marruecos, se están cerrando en el horizonte.
Debemos concordar todos en que el camino de la violencia, el
retorno de la guerra, es algo que nadie, y en primer lugar, los
saharauis, debe desear. Nadie, excepto tal vez los actuales dirigentes
marroquíes, en la medida en que nos siguen dando la
impresión de que prefieren quedar atados a la vieja doctrina en
virtud de la cual la permanencia en el poder absoluto descansa en una
política de represión interna combinada con la
provocación de conflictos y tensiones con los vecinos. La
Historia lo prueba. El futuro para ellos es vivir y mantenerse en el
pasado.
Al mismo tiempo, debemos concordar igualmente, en que la
continuación del status quo actual derivado de la
obstrucción marroquí a los múltiples intentos de
solución justa y definitiva del conflicto, no puede conducir
sino a una represión cada vez más brutal en las zonas
ocupadas, o a un retorno de las hostilidades o a ambas cosas a la vez.
Estoy seguro de que este no es el interés verdadero de una
potencia como España, ni el interés de sus pueblos, ni el
de sus elites económicas y políticas.
No obstante, debemos decir, a tenor de la experiencia y de los
hechos registrados en estos 30 años, que España y
algún que otro país europeo, en particular Francia, han
venido practicando una política respecto al Sahara Occidental y
el norte de África o Maghreb, deliberadamente contraproducente.
Dicha política intenta construir, al margen y a veces
diametralmente en oposición a la legalidad internacional, una
relación con la región sobre la base de dividendos
económicos y comerciales que la existencia del conflicto hace o
hizo posibles, algunos de ellos ilegales, como los acuerdos pesqueros;
otros derivados de la lógica de la tensión, como la venta
de armamento.
Dicha visión es prisionera de su propia lógica, la
cual requiere que la tensión y el conflicto continúen de
manera indefinida. El interés proclamado verbalmente por una paz
justa y duradera viene sacrificado por cálculos mercantiles de
corto vuelo, que a la larga no solo pueden resultar contraproducentes
para los propios beneficiarios, sino también para el propio
país que alienta y cree beneficiarse de este juego, como es el
caso de Marruecos. Marruecos, aun ocupando el Sahara Occidental y
explotando sus riquezas naturales, no es hoy mas estable, mas seguro,
mas democrático o mas prospero que en 1976.
Dentro del marco de esa política mercantilista, vieron la luz
intereses de grupos y de empresarios de ciertas autonomías
cercanas geográficamente a la región, que aceptaron la
oferta de emplazar sus empresas y sus negocios dentro de la mencionada
lógica que exige la continuidad del conflicto y de la
tensión, y por ende, la prolongación del sufrimiento del
pueblo saharaui y de la violación de la legalidad internacional.
La causa saharaui, una causa justa y legítima, fue en cierto
modo sacrificada por esta visión y por estos intereses en el
indigno altar de la ganancia efímera que la violación de
la legalidad internacional y de los derechos humanos han permitido.
A la larga, esta perspectiva no conducirá sino a resultados
adversos. Las relaciones económicas así entretejidas
conllevan una cuádruple debilidad.
De un lado, alimentan la inestabilidad regional al fortalecer la
actitud de intransigencia mostrada por Marruecos.
De otro, hacen tabla rasa no solo de la posición hoy de la RASD
y de otros actores fundamentales en la región respecto al
conflicto sino también del potencial en términos
económicos y de seguridad que el mañana comporta tanto
con la RASD como con las demás naciones en el área, ya
sea en el ámbito bilateral o en el ámbito de una
región magrebí de economía integrada.
En tercer lugar, empujan a las empresas que se implican en el expolio
de riquezas naturales ajenas a un camino que, tarde o temprano, les
hace perder la confianza de los demás actores económicos
lo que es preludio de su ruina.
Finalmente, dicha lógica basada en la continuidad del conflicto,
puede inflar los bolsillos de algunos en Marruecos, principalmente los
directivos de la ONA (Ominium Nord Africa), de algunos generales de la
gendarmería y del ejercito, pero no asegura una respuesta
satisfactoria al creciente volumen de demandas socio-económicas
del pueblo marroquí, a tenor del numero de pateras que arriban
regularmente a las costa europeas.
Marruecos, cuyo nivel de desarrollo hace a la ONU colocarlo en el nada
honroso puesto 126 de la escala general, padece una grave crisis
económica relacionada entre otras cosas por la carga acumulada
de una guerra de conquista territorial que no se puede ganar en el
terreno militar ni en el terreno de las instancias internacionales. Y
aun con la explotación desenfrenada de los recursos saharauis
llevada a cabo, principalmente del banco pesquero, de los fosfatos y de
la arena, dicha crisis no pudo ser paliada y no es un secreto para
nadie que la misma encierra el riesgo real de conducir el país
hacia un desastre social y político similar al que
conoció Indonesia o Haití, y su corolario de miles de
ciudadanos escapando hacia las costas vecinas.
Si se quiere pensar en el bien de la región, del propio
Marruecos y de la credibilidad de las Naciones Unidas en tanto que
marco ideal para la resolución de los conflictos actualmente
existentes o que apuntan en el horizonte, se impone una revisión
en profundidad de lo que se ha hecho hasta ahora. Un interés
real por la paz así como una reflexión objetiva acerca
del futuro, deben incitar esa revisión.
España, y sus elites económicas y políticas,
pueden jugar un papel impulsor. A nuestro modo de ver, cuatro elementos
son de relevancia en una reflexión orientada al futuro. Los
planteo de manera concisa a titulo de flashes para un posible debate.
En primer lugar, la búsqueda de una paz justa y duradera
para el conflicto saharaui-marroquí. Si este elemento es por
sí solo convincente, debemos sin embargo separar la paja del
trigo. Debemos aceptar que no hay más que un camino que nos
puede llevar con seguridad a ese objetivo. Ese camino es el indicado
por la legalidad internacional, que considera que sólo un
referéndum de libre autodeterminación organizado y
supervisado por la ONU para que el pueblo saharaui elija libremente su
futuro tiene la posibilidad de poner fin al conflicto de manera justa y
definitiva,
sin vencedor ni vencido. La victoria será en todo caso una
victoria de la legalidad internacional. Un Marruecos que pretenda ser
democrático no puede ni debe oponerse a este principio. Es
más, mientras no se consagre este principio será
imposible que pueda hablarse de un Marruecos democrático.
Algunos medios en España, influidos por el miedo
histórico nunca superado al país vecino, o por beneficios
derivados de la lógica de la continuidad del conflicto instigada
por Marruecos, han intentado de vez en cuando apoyar o incluso proponer
otras vías de solución aun sabiendo que eliminan lo
esencial en la referencia a la legalidad internacional, que es el
derecho a la libre determinación en un caso calificado por la
ONU de descolonización.
En este contexto, es más prudente y racional recordar que la
Comunidad internacional, por consenso de todos sus miembros, considera
que el Plan de arreglo o el Plan Baker son las fórmulas
adecuadas para la aplicación de la legalidad internacional en el
caso del Sahara occidental. Marruecos había aceptado este
planteamiento. No se trataría hoy de pedirle algo nuevo, sino de
que honre los compromisos contraídos.
En segundo lugar, la paz duradera es la que puede garantizar una
estabilidad regional permanente. Al mismo tiempo, una estabilidad
basada en la paz permitiría el establecimiento de relaciones
económicas y de seguridad duraderas con el conjunto y no con una
parte del conjunto. La relación global y equilibrada con el
conjunto disminuiría el riesgo del uní lateralismo que
fue frecuentemente practicado por algunos países europeos en el
marco de la vieja política del fomento de la tensión y
desconfianza entre los países del Maghreb. Al mismo tiempo, la
relación global y equilibrada comportaría un aliciente
para una mayor cohesión regional de nuestros países tanto
en el plano vertical como en el horizontal.
En tercer lugar, la paz justa que conduce a una relación
estable con el conjunto de la región, debe contar con un
contenido político y económico que fortalezca la fe en un
futuro mejor para las generaciones marroquíes y saharauis, en
particular, y magrebíes en general. La fe en el futuro es antes
que nada una obligación histórica que deben asumir
nuestros países, pero constituye también una necesidad
vital para España y para el conjunto de los países
europeos.
Desde el punto de vista del contenido político de la
relación global, se debe enfatizar la necesidad ineludible del
establecimiento o consolidación en algunos casos, de
regímenes democráticos que contemplen a la sociedad
civil, organizada en partidos políticos democráticos o en
organizaciones no gubernamentales, como el elemento fundamental en la
legitimación del poder político y del control de
éste en la gestión de los asuntos nacionales. Ello
coadyuvaría a la consolidación de la paz.
En cuanto a su contenido económico, todos partimos del
principio de la economía de mercado, que al mismo tiempo sepa
reservar al Estado el desempeño de un papel relevante en la
dinámica del desarrollo, fundamentalmente con el establecimiento
de unas claras reglas de juego para los actores. Es también
evidente que, en tanto que países del sur sujetos a la creciente
presión de la globalización, debemos orientar nuestras
economías a la complementariedad regional en todo aquello que lo
permita- al ejemplo del MERCOSUR y el ambicioso NEPAD en África-
y abrir las potencialidades derivadas de nuestros enormes recursos
naturales a la participación de capital público y privado
extranjeros. Nos necesitamos mutuamente para avanzar hacia una
relación fructífera, estable y duradera. Ello no es
factible sin la restauración de la paz.
Finalmente, el Sahara occidental representa para España algo
diferente a los otros países de la región. Somos la
única nación del Maghreb y del mundo árabe que fue
provincia-colonia española. Otros fueron efímeros
protectorados de los que no queda más que un recuerdo
turístico. Nosotros fuimos colonia y provincia, para bien o para
mal, y no podemos modificar hoy el pasado. Esta ahí y los
saharauis lo asumimos, y sin complejos.
Esta dimensión hispana, que justifica, entre otras cosas,
los actuales lazos particulares entre España y
Latinoamérica, la conservamos contra viento y marea, ante la
indiferencia española. Es nuestro idioma de enseñanza
junto al árabe. Fue la RASD la que junto a Guinea equatorial
logró que la Unión Africana aceptara el español
como idioma oficial. No obstante, y con el fin de preservar la
continuidad de la enseñanza hasta el grado post-universitario,
nos vemos obligados a enviar a centenares de estudiantes saharauis a
Cuba y a México, -a quienes agradezco sinceramente la
generosidad nunca ocultada- pudiendo no ir tan lejos,
geográficamente hablando.
La conservación y consolidación de la
dimensión hispana es un valor añadido, de extraordinaria
importancia política y económica, para unas relaciones
bilaterales privilegiadas entre los dos países, cuyos pueblos
comparten profundos lazos de amistad y confianza que han sabido
consolidar a lo largo de los últimos 30 años.
Junto a la dimensión cultural, es ineludible aludir a la
dimensión geográfica. Y conviene recordar que lo que hay
a menos de una hora de las Canarias no es, simplemente, el “desierto”
del Sahara. Lo que hay es el territorio que reclama un Estado, la RASD,
de extensas playas turísticas y rico en pesca, fosfato,
petróleo, gas y uranio.
Economía, Cultura, Geografía... pero también
Seguridad, sin la que todo lo anterior sería una pesadilla.
España debe meditar cuidadosamente, no solo desde el punto de
vista de los intercambios e inversiones, sino también desde el
de la seguridad, quién va a estar en la otra orilla del
Atlántico.
Las opciones son claras. España puede optar por tener
enfrente de sus costas exclusivamente a un Marruecos, expandido por la
fuerza militar, pero esto conlleva peligros. Por un lado, los derivados
de la expansión territorial facilitada en 1975, y los
derivables- si cabe el termino- de una relación histórica
de desconfianza y de contenciosos y divergencias nunca superadas. Pero,
además, por otro lado, los peligros que se derivan del aliciente
que supone para el expansionista el que su previa ocupación
expansivo se haya premiado en lugar de sancionado. Tampoco pretendemos
que la RASD sea el único vecino de la otra orilla, porque, aun
siendo esto ideal para nosotros, no es sin embargo, posible ni
aconsejable. No pretendemos ser los únicos interlocutores.
¿Por qué no pensar en una mayor pluralidad de actores con
la presencia en los límites de sus fronteras internacionalmente
reconocidas, de dos Estados?
Señoras y señores,
El Sahara occidental significa para España algo que no se puede
borrar. No se puede borrar del pasado, sólo porque la
descolonización inacabada del Sahara occidental por
España sigue siendo una deuda moral y política que no ha
sido todavía saldada de forma satisfactoria. Pero además
no se puede borrar del presente ni del futuro. El Sáhara
Occidental es para la sociedad civil española una realidad hoy.
El Sáhara Occidental es un proyecto de futuro en paz. Ha llegado
la hora de asumir la Historia, de reconocer el presente y de construir
el futuro. Espero y deseo que este encuentro sirva para estos
propósitos que los saharauis tanto deseamos y tanto merecemos
como pueblo y como nación.