Muro marroquí: colonialismo y colonialidad en la división del pueblo saharaui

Luz Marina Mateo

Publicado en la prestigiosa revista "Otros Logos", del CEAPEDI (Centro de Estudios y Actualización en Pensamiento Político, Decolonialidad e Interculturalidad), de la Universidad Nacional del Comahue, Argentina.

Introducción

El Sáhara Occidental es un territorio emplazado en el noroeste africano, sobre el océano Atlántico, que limita al norte con Marruecos, al sur y al este con Mauritania y al noreste con Argelia, en una pequeña porción de su frontera. Tiene una superficie aproximada de 266.000 kilómetros cuadrados y cuenta con importantes recursos naturales como la pesca (su costa alcanza los 1.110 kilómetros de extensión) y el fosfato.

El origen de la sociedad saharaui es tribal, surgida de grupos troncales entre los que se encuentran los bereberes (cuyos antecesores fueron los sanhaja), los arab,(procedentes de Arabia y del norte de África, de tradición guerrera), los chorfa (descendientes de Mahoma) y los zuaia (hombres de letras y maestros coránicos). (Gargallo, 2014: 10-11 y Velázquez Elizarrarás, 2014: 18-19). La convivencia e Interacción de estos grupos dio como resultado no solamente el surgimiento de su

lengua, el hassanía -producto de la fusión del árabe clásico con lenguas bereberessino también de su particular organización política y social, lo cual implica que “la sociedad saharaui nunca estuvo bajo soberanía marroquí ni mauritana, sino que compartieron vínculos económicos y culturales (…) en el Sahara Occidental existió una sólida organización social que les permitió mantenerse unidos y no ser dependientes”.(González Tule, 2014: 62).

Más tarde, la presencia española en la zona -que es anterior a la colonización, basada en cuestiones relativas a la pesca, por su proximidad con las Islas Canarias- daría como resultado la triple dimensión árabe-hispana-africana que hoy identifica al pueblo saharaui, el cual tiene al castellano como segunda lengua y que ha incorporado al hassanía numerosos vocablos de ese origen.

En este trabajo recorreremos de forma muy breve la historia del pueblo saharaui, refiriéndonos a la colonización española y, a partir de 1975, a la ocupación marroquí - y, en menor medida, mauritana- del territorio, que implicó que gran parte de los y las saharauis huyeran al desierto argelino, donde se establecen hasta hoy en campamentos de refugiados.

Se trata, así, de abordar este proceso de descolonización inconclusa que convierte al

Sáhara Occidental en la última colonia de África (dado que se halla entre los 17 territorios no autónomos pendientes de descolonización, según la nómina establecida por las Naciones Unidas, que no reconoce la soberanía que reclama Marruecos sobre el mismo) haciendo hincapié, sobre todo, en las implicancias de la presencia del muro marroquí como una de las principales manifestaciones del colonialismo y la colonialidad en sus dimensiones social, política, espacial y económica, tal como lo  advierte la académica española Rocío Medina Martín al señalar que Ir a los campamentos de refugiados y refugiadas saharauis es comprobar una estructura de dominación en los cuerpos y en la cotidianeidad de los seres humanos: no podemos olvidar por qué ocurre el éxodo del año ’75, por qué grupos sobre todo de mujeres y de niños y niñas son bombardeados con napalm y qué relación tiene esto con el expolio de los recursos naturales del Sáhara Occidental. Entonces, visto desde esta perspectiva, entender que la causa saharaui trae un origen concreto en la expoliación de los recursos es algo que no podemos olvidar y que guarda una relación profunda con la cotidianeidad. Cuarenta años de un refugio prolongado son cuarenta años de presión por parte de un sistema de dominación no solo capitalista (porque hay más ejes) pero sí claramente capitalista en relación con la expoliación de las riquezas en los territorios ocupados (Medina Martín, 2014: encuentro con la autora).

Mientras tanto, continúa pendiente un referéndum de autodeterminación del pueblo saharaui, cuya concreción se halla trabada en un complejo entramado de intereses que no solo implica a las partes en conflicto (Marruecos y el Frente Polisario) sino también a organismos internacionales y potencias como Francia (principal apoyo de

Marruecos y miembro permanente del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas),

España (potencia administradora de iure del territorio) y, en general, todos los países que, pudiendo coadyuvar a la resolución del tema, contribuyen por acción u omisión al statu quo, en nombre de la realpolitik como una de las expresiones fundamentales de las relaciones internacionales de la modernidad/colonialidad.

La colonización del Sáhara Occidental

La presencia España como potencia colonizadora en África coincide con la

Conferencia de Berlín (1884-1885), que marcó para el pueblo saharaui -y el resto de los pueblos africanos en general- el comienzo de su relación con el ego conquirodusseliano como tal. Ese mismo “yo conquistador” que se había expandido por el continente americano, se haría presente -aunque con diferencias operativas respecto de América- en el Sáhara Occidental desplegando sus clasificaciones sociales y sus mecanismos de “otredad” e instituyéndose en el centro a partir del cual se relacionaría con la nueva periferia en una lógica de organización y clasificación de los entes “desde los más próximos y con mayor sentido hasta los más lejanos y con menor sentido” (Dussel, 2011: 55), siendo estos últimos los correspondientes a esa nueva colonia africana.

Tras varias décadas de colonización (que incluyeron tensiones entre España y Francia, país colonizador de Marruecos) y con la modificación del contexto internacional -producto del mundo bipolar, la Conferencia de Bandung de 1955 y el consiguiente proceso de descolonización de África-, el territorio saharaui fue incluido en 1963 en la lista de Territorios No Autónomos, de acuerdo al Capítulo XI de la Carta de las Naciones Unidas. Desde ese momento, se le reconocería al pueblo saharaui (un pueblo numéricamente pequeño que, en su totalidad, no alcanza al millón de personas) su derecho inalienable a la autodeterminación y la independencia, de conformidad con la Resolución de la Asamblea General 1514 (XV) del 14 de diciembre de 1960 (A/RES/1514), que recoge la Declaración sobre la Concesión de la Independencia a los Países y Pueblos Coloniales.

 

Frente Popular para la Liberación de Saguía El Hamra y Río de Oro. Movimiento de

Liberación Nacional y gobierno saharaui.

En 1965, las Naciones Unidas exigieron a los colonizadores que cumplan con el abandono de las colonias, cosa que demoraron lo más que pudieron, más aun tratándose de áreas con enormes recursos naturales como, por ejemplo, la zona del Sáhara Occidental, que es rica en fosfato y recursos pesqueros.

En 1970, el gobierno de España promovió un referéndum de autodeterminación y la realización de un censo de la población saharaui. Un lustro después -pocos días antes de la muerte del dictador Francisco Franco, ocurrida el 20 de noviembre de 1975- se firmaron los Acuerdos Tripartitos de Madrid, por los cuales España cedía la administración del Sáhara Occidental a sus limítrofes Marruecos y Mauritania. Estos acuerdos son considerados ilegales desde el punto de vista del derecho internacional (dado que una potencia colonial no puede "ceder" un territorio colonizado por ella a otros Estados) y desde la perspectiva del derecho interno español, ya que no fueron publicados en el Boletín Oficial de ese país (Ruiz Miguel, 2005).

Un año antes de los mencionados acuerdos, la corona marroquí solicitó a la Corte Internacional de Justicia (CIJ) una Opinión Consultiva sobre la soberanía del Sáhara Occidental. La misma fue emitida el 16 de octubre de 1975 y, en ella, el tribunal afirmó que si bien al momento de la colonización española había ciertos vínculos de subordinación entre algunas tribus saharauis y el sultán de Marruecos, no se constataban lazos de soberanía entre los saharauis y Marruecos y Mauritania, por lo cual los habitantes del Sáhara Occidental gozaban del derecho de autodeterminación que constaba en las resoluciones de las Naciones Unidas (CIJ, 1975).

Días después de ese dictamen, el rey Hasan II inició una movilización que pasaría a la historia como la “marcha verde”, que implicó el traslado de unas 350.000 personas hacia la zona saharaui para ocupar el territorio. Esto fue acompañado con bombardeos de la aviación marroquí con fósforo blanco y napalm contra los civiles saharauis que emprendían el éxodo forzado hacia el desierto argelino. Simultáneamente, las fuerzas de seguridad españolas allí apostadas recibían la orden de marcharse:

La tensión se dispara a finales de octubre de 1975. La policía territorial, con funciones de orden público similares a las de la policía nacional y la guardia civil, es retirada de sus puestos (…) Los rumores se multiplican y no parece descabellado el temor de que todo acabe en una mera entrega del territorio a Marruecos (Sobero, 2010: 43).

Así, entre las muchas consideraciones que se han hecho sobre la marcha verde, se la ha caracterizado como un “golpe político maestro” porque “precipitó los acontecimientos antes de que la ONU tuviera tiempo de considerar las conclusiones de la CIJ. Ejerció una enorme presión sobre España” (Hodges, 2014: 29). También  existe la opinión de que la monarquía marroquí se hallaba debilitada, por lo que inició la ocupación y se involucró en el enfrentamiento armado como una respuesta al déficit de legitimidad que tenía el rey Hasan II por entonces y que luego se reflejó en los dos o tres atentados de Estado militares, que fueron el reflejo de una creciente pérdida de legitimidad (…), con la guerra recuperó algo de lo perdido, trabajando sobre el tema del nacionalismo y la marroquinidad”. (Bachir, Ubbi, 2015: encuentro con la autora).

A la vez, la marcha verde es denominada por los saharauis como “marcha negra”, por su saldo cruento y luctuoso. Salem Bachir, ex representante del Frente Polisario en la República Argentina, fue un testigo directo de aquellos hechos, sobre los que explica que son miles las víctimas de la invasión marroquí al Sahara Occidental, por bombardeos con napalm y fósforo blanco, torturas, desapariciones forzosas, ejecuciones extrajudiciales. Muchos civiles fueron lanzados al vacío desde helicópteros o enterrados vivos porque eran sospechosos de simpatizar con el Frente Polisario, según Ould Errachid, exministro marroquí y presidente del Corcas [Consejo Real Consultivo para los Asuntos del Sahara]. El alcance de las víctimas ha sido tal que, según Afapredesa [Asociación de Familiares de Presos y DesaparecidosSaharauis] prácticamente casi todas las familias de los territorios ocupados tienen un pariente muerto, desaparecido o torturado. (Bachir, Salem, 2011:encuentro con la autora).

En ese marco, varios miles de saharauis huyeron hacia Argelia y el 27 de febrero de 1976 el Frente Polisario proclamó la República Árabe Saharaui Democrática (RASD). En 1979, Mauritania suscribió un acuerdo de paz con los combatientes de la RASD y, desde entonces, es solo Marruecos el que continúa afirmando tener soberanía sobre la zona, que incluye el área a la cual Mauritania había renunciado.

Las fuerzas marroquíes y saharauis continuaron por el camino de las armas, hasta 1991, cuando se firmó el alto el fuego y la ONU creó la Minurso (Misión de las Naciones Unidas para el Referéndum en el Sáhara Occidental), que se encargaría de mantener la paz y de convocar a un referéndum de autodeterminación. Sin embargo, pese a los reiterados intentos por llevarlo a cabo, el referéndum –cuya última fecha fracasada fue el 31 de julio de 2000- nunca se realizó y Marruecos sigue proponiendo como solución al contencioso, brindar al territorio un régimen de autonomía bajo el paraguas de la soberanía marroquí.

Actualmente, alrededor de 165.000 saharauis viven en los campamentos de refugiados saharauis cerca  de Tinduf (sudoeste de Argelia), dependiendo mayormente de la ayuda humanitaria y a la espera de poder ejercer ese derecho a la autodeterminación proclamado y avalado por la comunidad internacional a través de decenas de resoluciones y declaraciones de varias de sus distintas instancias y representantes.

El muro: espacialidad, poder y colonialismo

En 1980, Marruecos comenzó a construir un muro en el desierto para cercar parte del territorio del Sáhara Occidental, con el objetivo de impedir -en pleno enfrentamiento armado- el avance del ejército saharaui del Frente Polisario. La construcción (distribuida en varios tramos) tiene alrededor de 2,5 metros de altura y una longitud aproximada de 2.720 kilómetros. Está erigido con paredes de piedras y alambrados y contiene entre siete y diez millones de minas antipersonales, además de dividir en dos al pueblo saharaui, ya que una parte quedó en el territorio sobre el que Marruecos reclama soberanía y la otra se encuentra refugiada en los campamentos emplazados en territorio argelino. “El muro es en realidad un conjunto de seis paredes defensivas(…) Organizaciones de derechos humanos lo llaman el ‘muro de la vergüenza’ y condenan la existencia de minas antipersonales a lo largo” (BBC Mundo, 2009).

Las consecuencias del muro marroquí van mucho más allá de la esfera del derecho internacional humanitario. Se denuncia que esta construcción, por un lado, tiene repercusiones políticas y legales (también de derecho internacional público) porque “aísla y separa los territorios ocupados de las zonas liberadas y de todo el mundo” y

“sirve para consolidar la ocupación del territorio como un hecho irreversible y crear un hecho consumado sobre el terreno negando así la existencia de territorios liberados administrados por el Frente Polisario y la República Saharaui (RASD)”. A esto se agrega el impacto económico que implica el muro, ya que la separación física fomenta el desempleo de la población saharaui y el saqueo de los recursos naturales en la parte ocupada. También se denuncia el impacto negativo sobre la seguridad, por la existencia de las minas, la destrucción de bienes culturales, las heridas psicológicas y

el perjuicio medioambiental “al haber alterado la superficie de la tierra, que se ha hecho más vulnerable ante la erosión del viento y el estancamiento del agua”

(Campaña Remove the Wall, 2014).

En cuanto a las víctimas (personas muertas, heridas y mutiladas), Landmine and Cluster Munition Monitor3 (2014) que 2.500 personas de todas las edades han sido afectadas por las minas y municiones de racimo desde 1975. Hace algunos años, la autora de este trabajo tuvo la oportunidad entrevistar a un saharaui experto en el tema que explicaba:

El muro es la zona más densamente minada en el mundo. En esta guerra que ha enfrentado el pueblo saharaui desgraciadamente, su lacra más clara, su herencia más viva es la contaminación que ha dejado en el territorio (…) no conocíamos antes las minas ni las bombas de racimo: todo vino con la invasión marroquí de 1975. (…) Este muro es el guardián del expolio de los recursos naturales; es el paraguas de la violación de derechos humanos; es también el testigo más claro de la incoherencia de

la comunidad internacional con sus propios principios (Nah Bachir, Gaici, 2013: encuentro con la autora).

La espacialidad (entendiéndola como confluencia de lo histórico, lo social y lo geográfico) y el poder son dos aspectos fundamentales en los que se han basado y se basan el colonialismo y la colonialidad. Separar y acotar territorios custodiándolos mediante la fuerza, implica no solamente una partición física sino también la división y la irrupción violenta en modos de vida, senti-pensares, economía y saberes de un pueblo.

Gritando el muro del silencio

Este muro físico que se describió brevemente hasta aquí tiene su correlato en otro muro: el del silencio. Un silencio que se erige sobre la existencia del primero en particular y de la causa saharaui en general y que parece muy difícil de vencer. A decir de Eduardo Galeano (2006)

El Muro de Berlín era la noticia de cada día (…) Y nada, nada de nada, se habla del Muro de Marruecos, que desde hace veinte años perpetúa la ocupación marroquí del Sahara occidental. Este muro, minado de punta a punta y de punta a punta vigilado por miles de soldados, mide sesenta veces más que el Muro de Berlín. ¿Por qué será que hay muros tan altisonantes y muros tan mudos? ¿Será por los muros de la incomunicación, que los grandes medios de comunicación construyen cada día? (Galeano, 2006).

 

Sin embargo, el pueblo saharaui realiza numerosas tareas relativas a dar visibilidad a este muro, denunciar sus crímenes y atender también sus consecuencias, con el objetivo de romper las barreras impuestas por la subalternización y el hecho de estar del lado desfavorecido del “abismo”.

En una conferencia brindada en Murcia, el saharaui Sidi Omar se refirió a esta construcción militar explicando que

Evidentemente, hablar del muro marroquí en el Sáhara Occidental (al que se refiere también como el muro de la vergüenza) es hablar de un símbolo emblemático y persistente de la ocupación marroquí del territorio saharaui.

A pesar de ello, este muro y todo el arsenal de destrucción que contiene siguen siendo un tema poco conocido y tratado a la hora de abordar el conflicto marroquí- saharaui, que ya ha durado más de tres décadas (Omar, 2014: 87).

En el mismo sentido, desde los campamentos de refugiados saharauis se han creado entidades como Remmso (Red de estudios sobre los efectos de las minas y el muro en el Sáhara Occidental, de corte netamente académico, que estudia y difunde el

tema) y Asavim (Asociación Saharaui de Víctimas de Minas), que asiste desde 2005 a las personas mutiladas y sus familias, así como brinda apoyo a las familias de las personas muertas. También trabaja en la zona Action on Armed Violence (Acción contra la violencia armada), oenegé británica que se dedica a la remoción de minas y restos de explosivos y bombas de racimo allí presentes.

El saharaui Gaici Nah Bachir es diplomado en ingeniería militar y, como integrante de Remmso y Asavim, destaca la importancia de difundir la existencia del muro:

Nuestro deber como activistas y como investigadores es concienciar a la opinión pública internacional sobre sus efectos (…)y que está en un territorio que es ajeno al ejército que alberga este muro, que es un verdadero cazador de la muerte, un verdadero stock del terror, del pánico para la población civil (…) Pedimos a la comunidad internacional, a los jóvenes, a los académicos, en Asia, África, América Latina y en todo el mundo, que denuncien con nosotros este muro para que caiga como cayeron los otros (…) Que el mundo alce su voz. Es una estupidez que se haya construido y es el icono más visible de cuán horrorosa es esta ocupación, cuánto de criminal es. (Nah Bachir, Gaici, 2013: encuentro con la autora).

Asimismo, con los objetivos de la visibilidad y la denuncia, existe la Plataforma Gritos contra el Muro Marroquí, una agrupación de jóvenes saharauis que, año a año, realizan manifestaciones en las proximidades de la berma invitando a gente de otros países a acompañar el reclamo, que se hace a muy pocos metros de donde se encuentran los soldados marroquíes que custodian la construcción. Maty Mohamed Fadel, integrante de la plataforma, opina sobre la misma y nos cuenta su sensación cada vez que realizan manifestaciones en las proximidades:

Este muro no tiene ningún tipo de sentido (…) lo custodian miles de soldados marroquíes, que están en una tierra que no les pertenece… ¿Custodiando qué? ¡Custodiando nada! Simplemente impidiéndole a unas personas civiles (porque los soldados no se pueden acercar al muro) caminar libremente por su tierra. Nos impiden volver a nuestra tierra, reencontrarnos con nuestros familiares. (…) Hay que tener en cuenta que no hay ni una sola familia completa. Todas están separadas y custodiadas… (…) Ese muro carece de argumento y justificación. No solamente es una vergüenza marroquí sino que es una vergüenza mundial.

El único muro que se le podría comparar era el de Berlín, por la forma en que estaba custodiado por militares, rodeado de minas, separando población… y ese muro también desapareció hace 24 años. (…) (2014: encuentro con la autora).

Otro de los habituales manifestantes es Sidahme Mamun Brahim, joven saharaui residente en España que pasa todos los veranos en los campamentos de refugiados. Así relata una de las protestas realizadas frente al muro: Para transmitirte la rabia que sentíamos, te puedo decir que eran como las tres de la tarde, a unos 47ºC o 48ºC aproximadamente… de la rabia que teníamos todos, no sentíamos ni los rayos de sol que nos estaban abrasando, nada… gritábamos y estábamos deseando atravesarlo. Ese muro es, para mí, el mayor obstáculo que tienen los saharauis físicamente.

Si no lo rompemos, si no lo destruimos, lo atravesamos y desaparece, el conflicto seguirá presente. Es la huella, la peor parte del conflicto. Separa a hermanos y hermanas, a padres y madres, a abuelos… Aparte de ser el muro de la vergüenza, es el muro del obstáculo. (Mamun Brahim, 2014: encuentro con la autora).

Nora Cortiñas, de Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora -con 85 años y soportando las altas temperaturas de la zona-, se acercó a la construcción militar para solidarizarse con el pueblo saharaui. A su regreso a Buenos Aires, en la habitual ronda de los jueves en la Plaza de Mayo, decía:

Pude ir a ver el muro que hay, con el que Marruecos tiene sitiado al pueblo saharaui. ¡Es una infamia mundial, con la indiferencia de los países que se llaman “civilizados”! (…) ninguna familia puede juntarse porque, ¡pobre del que salte para un lado o para el otro! Es gravísimo. (Cortiñas, Nora, 2015 encuentro con la autora).

El arte también se apropia de la lucha contra el muro (o viceversa). El cineasta español Miguel Ángel Tobías estuvo en los campamentos de refugiados realizando el documental Gurba. La condena. El muro es uno de los temas que aborda en su obra, en la que también (y en su calidad de médico) hace especial hincapié en las consecuencias psicológicas del mismo, además de mostrar la situación de las víctimas de minas en el hospital destinado a ellas que funciona en los campamentos de refugiados de Tinduf. En una parte de la entrevista describe sus propias sensaciones:

Es un símbolo brutal, tremendo, existen familias a uno y otro lado que durante meses o años no se han podido ver y van sabiendo cómo han ido muriendo o enfermando a uno u otro lado. (…)Por un lado, te dan ganas de darte la vuelta, ir hacia el muro y decir: “si tenéis valor, venid… suelta la metralleta y ven, ven aquí, de igual a igual, baja aquí y que gane el mejor”.

Y, a la vez, el sentimiento de pensar en mi familia e imaginar la situación de saber que están en un lado en que han sido torturados, vejados… y no puedes hacer absolutamente nada y son cosas cotidianas que no se dicen ni se saben ni se cuentan. Un sentimiento de impotencia tremendo.

(Tobías, Miguel, 2015: encuentro con la autora).

El artista plástico saharaui Moulud Yeslem, con su campaña “Por cada mina una flor”, aspira a sembrar un “muro paralelo” de diez millones de flores (de materiales livianos y resistentes) para que, desde cualquier aeronave del mundo que atraviese ese espacio aéreo, se pueda apreciar la magnitud de la construcción, sobre la que dice: “Ver el muro, con esas características, me plantea como objetivo luchar contra él, derrumbarlo… En los campamentos, las víctimas de las minas son refugiados dentro de una sociedad refugiada” (Yeslem, Moulud, 2013; encuentro con la autora).

Para cumplir su objetivo, ha construido una red solidaria en diversos puntos del mundo, con personas encargadas de explicar la situación en escuelas, universidades, cárceles, hogares de ancianos, hogares de personas con capacidades diferentes, etc.

A quienes acuden a esas entidades, tras informarles, se les invita a realizar las flores, que luego son enviadas al artista, quien se encarga de trasladarlas al lugar y colocarlas. En este caso particular, además, existe una doble acción de colonial, dado que esa lucha contra el silencio impuesto sobre la causa saharaui, incluye en todo el mundo a otros-as expulsados-as por el capitalismo y la modernidad/colonialidad de los circuitos de producción tanto material como simbólica, convocándoseles a participar en construcción discursiva de denuncia y consideradas elementos protagónicos en la misma (Mateo, 2016:316).

Sin embargo, las múltiples acciones de denuncia que se llevan a cabo parecen no ser suficientes: el muro sigue allí hace más de tres décadas y, en general, la comunidad internacional desconoce su existencia.

Algunas reflexiones

Este muro define y delimita rigurosamente un espacio/poder/saber que posee en sus raíces y desde su génesis las características del colonizador en tanto ser: el ego conquiro al que hacíamos referencia, que desde el pensamiento abismal y a partir de trazar líneas tanto visibles como invisibles, sobresale “en la construcción de distinciones y en la radicalización de las mismas”, como especifica Boaventura de  Sousa Santos (2009:32).

Esta determinación espacial y su correspondiente emplazamiento del poder, también nos remite a la cuestión de las “rugosidades” del espacio, que “son el espacio construido, el tiempo histórico que se transforma en el paisaje, incorporado al espacio”. Es la materia trabajada por excelencia, donde la praxis social constituye un dato socioeconómico que contiene, a la vez, las imposiciones de ese espacio construido, al punto tal que ningún otro constructo “tiene tanto dominio sobre el hombre ni está presente de tal forma en la vida cotidiana de los individuos” (Santos,1990: 153-154).

En otras palabras, vemos cómo el muro que divide al pueblo saharaui determina de modo ineluctable su forma de vida y producción, al tiempo que pretende consolidar y perpetuar su alteridad y subalternización.

A esto se suma la complejidad del entramado jurídico-político-económico de la situación colonial del territorio saharaui: si tomamos en cuenta que el Sáhara Occidental sigue siendo un caso de descolonización inconclusa y que, junto con haber sido invadido por su vecino, es ex colonia española y España sigue siendo para el derecho internacional la potencia administradora, queda demostrada aquí la vigencia del concepto de “imperialismo” que sostiene Coronil (2004: 117), quien distingue tres de sus modalidades: colonial (dominio de un imperio sobre sus colonias por medios políticos), nacional (dominio de una nación sobre otras por medios económicos y a través del Estado) y global (poder de redes trasnacionales sobre las poblaciones del planeta por medio de un mercado mundial sustentado por los estados metropolitanos, con un papel hegemónico de EE.UU.).

El caso saharaui presenta, en interacción, las tres modalidades, dado que empresas, estados y bloques regionales se han beneficiado históricamente de los recursos naturales saharauis de las zonas ocupadas y pendientes de descolonización merced - entre otras cosas- al aislamiento que el muro minado proporciona a la zona, convirtiéndola en un área de manejo discrecional para el ocupante. Y esto continúa pese a algunos pasos importantes dados para revertirlo, como la sentencia de la Gran  Sala del Tribunal de Justicia de la Unión Europea del 21 de diciembre de 2016 que - tras 42 años de ocupación y de comercializar con la corona marroquí productos procedentes del Sáhara Occidental- determinó que el territorio saharaui no es Marruecos y que, por ende, lo allí producido no puede incluirse en ningún acuerdo comercial (TJUE, 2016).

Sin embargo, la complicidad y el silencio de quienes se benefician de esta situación hacen que cualquier medida que no implique en forma expresa la descolonización resulte insuficiente, dado que el colonialismo como sistema de reparto ejerce la violencia de manera doble: directamente sobre lo que considera como suyo, y mirando hacia otro lado, aceptando la violencia que ejercen las otras potencias coloniales sobre sus propios administrados, legitimando así la violencia que genera (…) nos referimos a los colonialismos sucesivos y solapados de España y de Marruecos, y la violencia pasada y actual que ejercen, ambos, sobre las mujeres y hombres saharauis. (Gimeno Martín, 2007: 80).

En este escenario, el muro marroquí se erige como una pieza del engranaje colonial.Como denuncia Gaici Nah Bachir (2017: 269) “muchos países de Europa” contribuyeron con la idea y la financiación del muro, por lo que se les debe reclamar que sean “parte de la solución (…) denunciando y reivindicando el desmantelamiento”. Este muro es un ejemplo cabal de lo que el colonialismo y la colonialidad han logrado a lo largo de los siglos. Tierras, cuerpos, sentipensares, saberes, grupos y sociedades humillados, silenciados, racializados, sepultados, saqueados hasta la asfixia y la vergüenza. Y situaciones similares -en la forma y/o en el fondo-, pueden encontrarse en toda la extensión de los mundos desposeídos. Uno de los grandes desafíos de quienes estamos y somos en los sures, es buscar los caminos hacia lo que podremos llamar pluriversidad grosfogueliana, interculturalidad equitativa, decolonialidad o cualquier otro nombre (y sus matices, según los senderos epistémicos que transitemos), que nos permitan profundizar las luchas emancipatorias y visibilizar las violencias e injusticias más silenciadas y ocultas.